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viernes, 27 de abril de 2012

Solo a ti escuchamos

La voz que debemos escuchar
“El que menosprecia el precepto perecerá por ello; mas el que teme el mandamiento será recompensado” (Proverbios 13:13) PASAJE COMPLEMENTARIO: Éxodo 15:22-27; 1 Corintios 15:33 Dios nos creó, nos conoce y nos ama. No puede haber alguien más confiable que Él. Entonces, sólo tiene sentido escuchar sus instrucciones y hacer lo que Él dice. La Biblia es la Palabra infalible para nosotros y nos da las claves de cómo caminar tomados de su mano y bajo su protección; Él nos da una bitácora de vuelo para que no nos estrellemos sino que, por el contrario, lleguemos sin percances a nuestro destino, ya definido por Dios, como una vida abundante. Los mandamientos estipulados por Dios en la Biblia no son otra cosa distinta que la manifestación de su amor para con nosotros. El plan de Dios desde la misma creación del mundo fue el de darnos una vida plena y realizada. La única condición era que le obedeciéramos, pero lamentablemente nuestro corazón se endureció a tal punto que nos resultó imposible discernir la voz de Dios, y terminamos menospreciando nuestra propia bendición. Cuando tomamos decisiones en nuestra propia alma (intelecto, emociones y voluntad), y no por las instrucciones dadas por Dios en su Palabra, nuestra vida pierde el rumbo y definitivamente iremos directo al fracaso. Pero, si no escuchamos la voz de Dios, ¿Qué otra voz podemos estar escuchando? Por un lado, podemos escuchar nuestra propia voz, la cual resalta siempre nuestra propia importancia y nos hace creer que siempre tenemos la verdad, haciéndonos sordos a la voz de Dios. Esto nos impide reconocer que no lo sabemos todo y nos inhabilita para seguir instrucciones. Pero también hay voces externas, del mundo, que nos separan diametralmente de Dios, que seducen nuestra mente con ideas aparentemente inofensivas, donde todo está permitido, llevándonos al relajamiento de las buenas costumbres y a la búsqueda de lo temporal. Querido amigo, reciba este consejo y nunca lo olvide: Sólo hay una voz confiable y es la de Dios. ¡Escúchela! HABLEMOS CON DIOS “Padre santo, ayúdame a convertirme en el hijo(a) obediente a tu voz, entendiendo que tu principal interés es el de bendecirme. Renuncio en este día a la terquedad y al razonamiento que me han impedido disfrutar de la plenitud de tus bendiciones. No quiero caminar más guiado por mis propios criterios, pues siempre termino equivocándome. Sé que me amas, con amor incondicional, y por eso, hoy me comprometo a convertir tus mandamientos en mi estilo de vida, para disfrutar la prosperidad que Tú me ofreces”. Lolita Cruz de Chamorro.

miércoles, 25 de abril de 2012

El Ser Pacificador

La bendición de ser un pacificador
“Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mateo 5:9) PASAJE COMPLEMENTARIO: Mateo 5:21-23; 2 Timoteo 2:14-26 Una de las características más hermosas de aquellos que han tenido un encuentro personal con Jesucristo, y le temen, le respetan, le aman y le sirven, es que desarrollan un espíritu perdonador. La experiencia de recibir a Jesucristo nos transforma en nuevas personas, hijos de Dios. Él nos comunica su Espíritu y, por tanto, es renovado dentro de nosotros un espíritu recto capaz de amar a pesar de los errores y las equivocaciones, y capaz de perdonar, pues cree siempre y da una nueva oportunidad. Pero, ¿Cuántas veces hemos hecho la oración del Padre nuestro, repitiendo en múltiples oportunidades la frase: “y perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”, sin asegurarnos de haber sido inundados con el único amor capaz de perdonar y olvidar la ofensa, como lo es el amor de Jesús? Recordemos la extraordinaria declaración que pronunció frente a sus verdugos: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Él es el mayor ejemplo de amor, de perdón y de reconciliación y, por eso, el primer paso para volvernos pacificadores y ser llamados hijos de Dios, es volvernos a Jesucristo, reconociéndolo y recibiéndolo en nuestro corazón como Señor y Salvador personal. La presencia de Jesucristo en nuestro corazón nos permite desarrollar un espíritu perdonador que nos lleva a asumir un estilo de vida que se caracteriza por: • Libertad del resentimiento. Dios quiere que seamos libres de odios, amarguras y resentimientos que contaminan nuestra vida e impiden nuestra comunión con Él. Así que siempre nos pide reconciliarnos con el prójimo antes de presentarnos ante Él, como una condición imprescindible para escucharnos • Colaboración con los propósitos de Dios. Entendamos que la ofensa del otro me revela su necesidad. Estamos llamados a amar aun a los que nos ofenden, y con la ayuda de Dios, ayudarles a suplir esa necesidad. Dios ya nos perdonó. Si Él lo ha hecho, ¿Cómo no hacerlo nosotros? HABLEMOS CON DIOS “Amado Padre, gracias por hacerme entender el daño que me causa el no perdonar. Reconozco que he guardado resentimiento y amargura contra algunas personas, limpia mi corazón y lléname de tu amor. Y ahora Señor dame la oportunidad de acercarme a los que me han herido, y perdonarles también como Tú lo haces conmigo”. Lolita Cruz de Chamorro.

martes, 24 de abril de 2012

El Consejo y sabiduría del adulto mayor.

Edad de Oro
“En los ancianos está la ciencia, y en la larga edad la inteligencia. Con Dios está la sabiduría y el poder; suyo es el consejo y la inteligencia” (Job 12:12-13) PASAJE COMPLEMENTARIO: Salmo 92: 1-15 Para el común de la gente llegar a la etapa de la vejez resulta algo desesperanzador, pero no tanto porque teman enfrentar los cambios biológicos de sus células, sino por la influencia de una cultura que rinde culto a la belleza física, a la juventud, a lo material y pasajero de la vida, pero que no reconoce la importancia de los valores espirituales, la sabiduría y la riqueza integral que las personas adquieren con los años. ¡Qué interesante conocer lo que opina el Autor de la Vida! Dejemos que el eco de la dulce voz de Jesús nos recuerde una de sus más preciosas enseñanzas: “Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca. Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca. Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena; y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue grande su ruina” (Mateo 7:24-27). Cuando un hombre o una mujer hacen de Dios el centro de su vida, pueden resistir con altura y dignidad cualquier circunstancia, por difícil que sea; esto les permite vivir con excelencia, trabajando con ahínco y tesón, y esforzándose, con las fuerzas de Dios, por la misma solicitud hasta el final. No temen al paso del tiempo, no se sienten inseguros ni se desaniman ante los surcos de su cara o los hilos de plata en su cabello. Esto les llevará a disfrutar esta etapa a plenitud, considerándola una hermosa oportunidad para afianzar su relación con Dios, profundizar en el conocimiento y la obediencia a su Palabra, mientras Él les va transformando cada día más. De esta manera se convierten en esas personas virtuosas que ganan el amor, aprecio, confianza y reconocimiento de la familia y de la sociedad, pues se convierten en sabios consejeros, verdaderos líderes que conducirán a otros a la felicidad, la armonía y la paz, tal como lo declaró desde hace mucho tiempo el sabio Salomón “La gloria de los jóvenes es su fuerza, y la hermosura de los ancianos es su vejez.” (Proverbios 20:29) HABLEMOS CON DIOS “Amado Padre, gracias porque siempre me ves valioso(a) y útil. Siempre seré tu hijo(a) amado(a) e independientemente de mi edad o condición, Tú me has llamado a resplandecer en el mundo, a mostrar tu gloria, a convertirme en un instrumento de tu bendición. Ahora sé que la edad nunca será excusa para dejar de ver tu gloria. Te amo con todo mi corazón. Amén”. Lolita Cruz de Chamorro.

lunes, 23 de abril de 2012

Solo tu eres mi consejo Señor...!

El oportuno consejo de Dios
“Bendeciré a Jehová que me aconseja; aun en las noches me enseña mi conciencia. A Jehová he puesto siempre delante de mí; porque está a mi diestra, no seré conmovido” (Salmo 16:7-8) PASAJE COMPLEMENTARIO: Salmo 73:1-28 ¿Se imagina usted cómo puede vivir un ser humano cuando tiene la profunda convicción de que Dios camina a su lado, le cuida en todo momento, le llena con su sabiduría y poder, le muestra el camino correcto para no fallar, y aun, le enseña mientras duerme? El rey David disfrutaba de esta envidiable confianza porque había cultivado una íntima relación con Dios, en la que él participaba como hijo amoroso y obediente. El resultado era que no había nada verdaderamente que pudiera perturbar, inquietar o mucho menos abatir su corazón. Aunque no tuviera el ejército más numeroso y bien dotado, el Dios que caminaba con él a su mano derecha, era más fuerte y poderoso que todos. Aunque no conociera los motivos o las intenciones de sus colaboradores o los planes de sus enemigos, el Dios que estaba a su diestra sabía todas las cosas, hasta lo profundo del corazón del hombre y aun, lo que está por venir. Aunque no fuera perfecto, si permanecía al lado de su Papá Dios, Él lo guardaría hasta de sí mismo, hasta de su propio corazón cuando tratara de engañarle. Todos tenemos el privilegio de acudir a Dios, a través de la fe en Jesucristo, en calidad de hijos suyos, y recibir la dirección que nos conduce a la conquista de nuestra vida, de nuestra familia y aun, de la sociedad. Él nos da todas las estrategias para una vida próspera y feliz. Sin embargo, es necesario aclarar que se requiere un corazón lleno de fe, una actitud humilde y el deseo ferviente de seguir su consejo, pues de lo contrario, sus sabias enseñanzas pierden su efectividad en la aplicación personal. HABLEMOS CON DIOS “Padre Santo, con todo mi corazón te pido que me enseñes a amar tu Palabra, de tal forma que ella me dirija hacia la paz y la seguridad que gozaba el rey David, para que pueda exclamar como él: Si tu ley no hubiese sido mi delicia, ya en mi aflicción hubiera perecido. Nunca me olvidaré de tus mandamientos, porque con ellos me has vivificado. Amén”. Lolita Cruz de Chamorro.

viernes, 20 de abril de 2012

Perseverando en oir y obedecer
“Mas el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace” (Santiago 1:25) PASAJE COMPLEMENTARIO: 2 Timoteo 1:3-14 Dios ha dispuesto que a través del ejercicio orientado y juicioso de la voluntad, el hombre pueda alcanzar absolutamente todo lo mejor y más excelente que Él ha puesto a su disposición. Él nunca nos dará nada fácil, pues es un Padre y también nos forma como a hijos. Todos sabemos que a un hijo al que se le da todo y de una manera fácil, se le malcría y se le echa a perder. Se vuelve orgulloso, insensible y caprichoso. No es capaz de valorar las riquezas que posee y con mucha frecuencia desperdicia las múltiples oportunidades que le dan. Cosecha grandes frustraciones y fracasos y termina echándole la culpa de sus desaciertos, a todos los demás. Por el contrario, cuando el hombre tiene que luchar y sacrificarse por algo, dando lo mejor de sí mismo y entregando su mejor esfuerzo, es capaz de valorar, apreciar y cuidar aquello que ha conseguido. El ejercicio de la perseverancia levanta hombres y mujeres victoriosos, con un carácter firme, maduro y responsable. Sin embargo, es necesario aclarar que una persona puede insistir en algo inconveniente para sí mismo o para los demás, y en este caso, ya no estaríamos hablando de un triunfador sino de un necio. Es necesario que reconozcamos nuestra incapacidad para identificar lo que nos conviene o no, y que sin importar nuestra edad, estemos dispuestos a reconocer que el precepto que viene de Dios es bueno, es puro, es perfecto; sus mandamientos limpian nuestro camino, su ley nos conduce a toda libertad. Debemos insistir entonces y ser absolutamente perseverantes en oír atentamente la palabra de Dios. Busquémosla como al oro, anhelémosla como a la plata, procurémosla como a las piedras preciosas. ¿Y luego? Hagamos tal como hemos escuchado, al pie de la letra y con prontitud. El resultado será magnífico, pues la promesa dice que seremos bienaventurados, veremos a Dios actuando por nosotros, dándonos lo excelente. HABLEMOS CON DIOS “Padre amado, te doy gracias por tus sabios consejos que me guardan de tristeza y frustración. Renuncio a tomar mis propias decisiones y pido la llenura de tu Santo Espíritu para que derrame en mí la sabiduría para conocer tu ley y la paciencia, la fe y el dominio propio que se necesitan para perseverar en obediencia. Que no sea yo un oidor olvidadizo, sino un hacedor fiel y de esta manera reciba tu bendición y tu favor”. Lolita Cruz de Chamorro.

jueves, 19 de abril de 2012

Toda la sabiduría es tuya señor

Busca la sabiduria
“Oíd, hijos, la enseñanza de un padre, y estad atentos, para que conozcáis cordura. Porque os doy buena enseñanza; no desamparéis mi ley.” (Proverbios 4:1-2) PASAJE COMPLEMENTARIO: Proverbios 4:1-27; Efesios 4:22-24 Es dramático observar muchas personas que podrían ser influyentes en la vida, pero que desafortunadamente el conformismo, la falta de empeño, la falta de fe, les impiden alcanzar esos propósitos excelentes para los que fueron creados. Lograr destacarnos e influir en otros con nuestro ejemplo requiere que nos comprometamos totalmente. El camino que el Señor nos indica para distinguirnos en nuestro diario vivir, es volvernos a Él y aprender a poner por obra sus instrucciones, reconociéndolo en todos nuestros caminos, esto es, en nuestra manera de pensar, de sentir, de actuar y de decidir. Muchas personas se afanan por brillar con luz propia, por destacarse en sus actividades, se esfuerzan para formar la familia modelo, hijos ejemplares; también por ser profesionales, empleados, empresarios, maestros virtuosos, etc. Pero quiero decirles que aunque todos estos esfuerzos son buenos, no son los correctos ni suficientes; cualquier empeño que hagamos según nuestro propio criterio sin tener en cuenta los principios divinos, nos llevarán al fracaso seguro. Por el contrario, ¿Qué ganancia obtenemos adquiriendo sabiduría? -La sabiduría nos protegerá de tomar decisiones equivocadas, llevándonos a vivir más tranquilos, seguros y felices -Nos cuidará y guardará de muchos peligros y fracasos, pues Dios será nuestro ayudador y amigo -La sabiduría nos colocará en honra, pues nos conducirá por el camino de la verdad y la honestidad, en el cual Dios se agrada y recompensa -La sabiduría nos da brillo, nos hace resplandecer y ser especiales -La sabiduría nos guardará de poner en juego nuestros principios, nos guardará de ir por el camino de los perversos -La sabiduría nos capacita para vivir una vida santa, justa, con sentido y felicidad -Nuestros caminos serán iluminados por la luz perfecta de Cristo, así que ya no andaremos en tinieblas Cualquier actividad, trabajo o profesión que tengamos y anhelemos realizar con excelencia, merece que busquemos primero la sabiduría y la inteligencia que Dios da. Entonces, tendremos lucidez en nuestra mente y nuestros pensamientos serán edificantes, positivos, creativos, progresistas. También tendremos equilibrio emocional lo cual nos llevará a actuar no basado en nuestras emociones fluctuantes ni según nos dicta el “corazón”, sino según la infalible guía divina. Y como si fuera poco, la sabiduría nos proporcionará empuje volitivo, que quiere decir, la capacidad para determinar algo y llevarlo a feliz término, empleando con efectividad todo el potencial que Dios nos ha dado. Le invito a recibir esta buena enseñanza y a ponerla en práctica para que todo le salga bien, o mejor aún, excelentemente. HABLEMOS CON DIOS “Bendito y amado Padre hoy te ruego que dispongas mi corazón para buscar la sabiduría que viene de lo alto; te pido que guardes mi corazón y me enseñes a hacerlo todo para glorificarte a ti, Amén”. Lolita Cruz de Chamorro.

miércoles, 18 de abril de 2012

Contigo siempre seguros señor

La seguridad del amor de Dios


“Por cuanto en mí ha puesto su amor, yo también lo libraré; le pondré en alto, por cuanto ha conocido mi nombre. Me invocará, y yo le responderé; con él estaré yo en la angustia; lo libraré y le glorificaré. Lo saciaré de larga vida, y le mostraré mi salvación” (Salmo 91: 14-16)

PASAJE COMPLEMENTARIO: Romanos 8:35-39

Cuando Dios nos describe en su Palabra cuál es la relación que desea y espera que los seres humanos establezcamos con Él, nos damos cuenta que es la misma que un niño establece con su padre. Y si vamos aún más allá, podemos compararla, sin exagerar, al estrecho, íntimo e indisoluble vínculo que un bebé tiene con su madre, antes de nacer.

Hoy la ciencia nos confirma que lo que sostiene al bebé no es tanto la fortaleza física de la madre ni la condición de salud de ella o del bebé, sino el amor. Si no hay este preciosísimo y vital elemento, la existencia termina y la vida no tiene lugar.

Así mismo, cada uno de nosotros ha sido producto del amor. El amor de un Padre que lo ha dado todo de sí para que tengamos vida y no cualquier vida, sino la más maravillosa y excelsa, la de Él, tal como lo dice su Palabra: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16)

Ahora bien, como el amor genera amor, la respuesta natural de un hijo al cuidado y entrega de sus padres, no es otra distinta que el amor. Este sigue siendo el vínculo perfecto, el que sigue manteniendo el buen hijo con su padre, toda la vida, a pesar de que crezca y se convierta en un adulto. Bueno, es también el amor lo único que nos mantiene unidos a nuestro Padre celestial y nos permite disfrutar de su presencia, de su compañía, de su sabiduría y de su poder.

Es el amor lo que nos permite creerle a Dios y creer en la provisión de salud, libertad y bendición total que nos ha dado en su Hijo Jesucristo. Él es el cumplimiento de todas las promesas de Dios para la humanidad. Cuando creemos en el amor de Dios, y ponemos nuestro amor en Él, entonces podemos disfrutar de los beneficios de la obra de la cruz: “Yo también los libraré, les pondré en alto, les responderé, los libraré, les glorificaré, los saciaré de larga vida y les mostraré mi salvación”.

HABLEMOS CON DIOS

“Padre bueno, a pesar de mis errores, mi indiferencia, y mi frialdad… ¡Cuánta misericordia, cuánta fidelidad, cuánto amor me has tenido! Tú me has amado como nadie jamás lo ha hecho ni lo hará. Ningún amor se puede comparar con el tuyo, ni el de una esposa(o), ni el de unos hijos. Así que, ya no me resisto más. ¡Te entrego mi vida, me rindo a tu amor, me abrazo a tu cruz, amado Señor!”.

Lolita Cruz de Chamorro.